Alejandra...
¿cómo poder encontrar ahora la palabra de luz
que fortalezca la esperanza horadada por el tiempo
transcurrido,ya pasado,clepsidra derramada
sobre las huellas que dejamos?.
Palabra de luz definitiva que ilumine el sendero
por el cual he de volver a tus pasos.
Cómo encontrarla,me preguntao mendigándole
respuestas a un sol sombrío,marchito y desolado,
con las manos hundidas en las fauces
de un viento cruel que desgarra mis heridas
esperando dentro de la espera hasta dar con ella
para asirla desesperadamente a mi lengua partida de cansancio.
Sólo entonces mi nombre sería devuelto a
la morada de tu boca,bello lugar donde la música en tu voz
desarrollaba dulcemente movimientos de saliva y de vocablos.
Mas no hay quien diga,Alejandra,no hay quien sepa
con certeza absoluta dónde la llave que rompa los
candados de la distancia,dónde el signo que cifre en su estructura
el infinito dolor de aquella despedida sin adiós,
dónde el gesto que en inquebrantable ademán doblege y venza
toda resistencia ante la posibilidad de reconciliación.
Y aún con las manos hundidas en las fauces
de este viento desgarrador,yo me sigo quebrando de angustia
en el cómo
(cómo poder hacer de la palabra un puente de luz),
y en el dónde,
dónde la llave,el signo,el gesto
que resuma lo mucho que yo siento esta ausencia
de tus manos acariciando mis penas,
de tu voz conmovida por mi voz que te llamaba,
esta ausencia nuestra,Alejandra,
de tanta risa ciega,de tanto gesto tierno,
Alejandra,Alejandra...
ya tan ida y sin embargo te pronuncio ahora
y todavía me temblequeas en los labios
como la gota trizada contra el cielo en mil brillos
apagados,gota que va a caer y no se cae
(porque es rambién de lluvia tu recuerdo,Alejandra
tantas salidas a la tarde en Buenos Aires y vos allí conmigo
desplegada en la respiración de mi sangre),
tu nombre aferrándose a mi boca,
gota que va a caer y no se cae,
mas sólo es un triste ensayo el pronunciarte de ahora
porque antes ya hubo llegado el día en que de pronto
te arrancaste de la costumbre de mis horas y caíste
tambaleándote,viscocidad desecha en el mármol de los años.
Y continuén a dentelladas mis manos,continúe el viento desgarrador
porque he llegado al límite del no poder más,
porque he mordido el suelo de esta tierra
y he llorado rabiosamente con la cara contra el cielo de
la noche más oscura restregándome los párpados sangrientos
contra todas las estrellas filosas y terriblemente bellas que resplandecían
en tu nombre,Alejandra,
aquellas estrellas hacedoras del amado que habría de elegirte alguna vez;
mas hoy tan sólo niebla en los colores de los arcos
de la infancia que soñaste,
manos caídas,pero ya no en señal de alabanza
sino de renunciamiento o de olvido o de
otros motivos que yo no alacanzo a comprender
porque vos ya tan ida y temblequeando y gota majestuosa
desecha en el mármol de los años,
que yo no sé
yo no sé...
Y sin embargo vos habrás de volver algún día,
tal vez después de examinarte el corazón
y descubrir allí mi cariño tatuado,las huellas de mis
manos que tantas veces quisieron consolarte,
el calor de mia abrazos que hermanaron nuestras penas,
las alas del ángel de la amistad,en las que alguna vez,
valientes y dichosas bordamos nuestros nombres,
aquellas alas de plumaje resplandeciente
que nos protegió de los colmillos de la angustia,
que nos enseñaron el hermoso vuelo de la mutua confianza.
Alejandra,vos habrás de volver algún día,mientras tanto
yo haré señales de fuego con mi sangre apagada,
aventaré mis lágrimas al borde de tus pies,
juntaré los pétalos desechos de girasoles y amapolas,
juntaré también tus cartas y mis fechas
(fragmentos de los dones que perdimos)
y bajo este cielo de estrellas filosas y terriblemente bellas
y sobre esta tierra mordida y húmeda de llanto,
encenderé la radiante hoguera de la reconciliación con todo lo reunido,
e invocando secretas fuerzas interiores
te cantaré una elegía en las ceremonias del poema.
*
Nota muy importante.-las cursivas de la sexta estrofa aluden directamente a un texto de Julio Cortázar: Aplastamiento de las gotas .
Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.



